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APAS | Agencia Periodística de América del Sur | Diferencias de soberanía en el Ártico y en la Antártida: Sobran comensales para las tortas polares
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| Ciudad de La Plata, Argentina
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Diferencias de soberanía en el Ártico y en la Antártida
Sobran comensales para las tortas polares
El calentamiento global, el perfeccionamiento de la tecnología y la avidez mundial por materias primas baratas parecen haber marcado la hora de avanzar sobre territorios largamente olvidados.
Por Diego Ghersi | Desde la Redacción de APM
08|08|2008
La disputa internacional por los recursos naturales ha llegado a las zonas polares.

En el caso del Ártico convergen los límites de cinco países: Rusia, Canadá, Noruega; Dinamarca y Estados Unidos. A ellos se suman Suecia; Islandia y Finlandia. Todos son países centrales y sus reivindicaciones superpuestas convergen en el Polo Norte como gajos de una naranja.

Estados Unidos y Canadá tienen un diferendo sobre derechos en el Pasaje del Noroeste. Noruega y Rusia reclaman el Mar de Barents.

Canadá y Dinamarca compiten por la pequeña isla de Hans, cercana a la costa de Groenlandia. El Parlamento ruso se niega a ratificar un acuerdo con Estados Unidos sobre el Mar de Bering, y Dinamarca también reclama su parte del Polo Norte.

Todas estas controversias se justifican al evaluar la riqueza de la zona: abundante vida marina, recursos petrolíferos, gasíferos, acuíferos, auríferos y hasta diamantes.

En el caso del petróleo, el Instituto de Investigaciones Geológicas estadounidense ha estimado -tras cuatro años de investigación- que el petróleo bajo hielos árticos equivale a unos 90.000 millones de barriles de crudo, o sea, el 13 por ciento de la reserva mundial.

La misma entidad estimó las existencias de gas natural en 48 mil millones de metros cúbicos.

Por otra parte, el casquete polar ártico es estratégicamente importante por razones de orden comercial y militar.

En el primer caso, el derretimiento del hielo producido por el calentamiento global hace posible hoy pensar en explotar una vía interoceánica –“el Paso del Noroeste”- que comunica los Océanos Atlántico y Pacífico. Tal condición otorgaría a dicho paso una importancia similar a la que ostentan los canales de Suez, Panamá u Ormuz.

En el aspecto militar, la zona que rodea al Polo Norte es especialmente apta como estación de disparo de misiles nucleares desde submarinos atómicos en inmersión. La ventaja de ocultamiento que brinda la capa de hielo flotante, sumado a la menor distancia que un proyectil lanzado desde allí debería recorrer hasta cualquier blanco situado en el hemisferio norte, aumenta la sorpresa y reduce significativamente los tiempos de respuesta del virtual atacado.

Durante el último año, los países involucrados han comenzado acciones directas para posicionarse ventajosamente. Así, en agosto de 2007, dos mini submarinos rusos descendieron hasta 4.261 metros de profundidad para plantar una bandera nacional en el lecho marino del Polo Norte a fin de reclamar soberanía sobre la cordillera Lomonosov. Moscú sostiene que esta formación submarina está conectada a Siberia, cuestión que, obviamente, no es reconocida por Estados Unidos, Canadá, Dinamarca y Noruega.

Sin embargo, el argumento de la cordillera Lomonosov se encuadra en los términos del Artículo 76 la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar y permite a Rusia reclamar un sector triangular con vértice en el Polo. La Convención prevé que un estado puede reclamar zonas exclusivas de 200 millas náuticas y 150 millas adicionales de derechos sobre el lecho marino, medidos a partir de donde termina la plataforma continental.

Canadá, por su parte, considera al Paso del Noroeste dentro de sus aguas territoriales, razón por la que rechaza cualquier intento de declarar al mismo “paso interoceánico” o sea “abierto a la libre navegación”.

La estrategia ártica de Canadá consiste en el uso de sus fuerzas navales para instalar internacionalmente el sentido común de que “esto es mío porque lo utilizo en la práctica”. A esos efectos el premier canadiense Stephen Harper ha promovido la liberación de fondos para mejorar su flota existente, construir nuevos rompehielos artillados de patrulla, ampliar la vigilancia aérea y constituir una red de vigilancia submarina mediante sonares en la zona del Pasaje Noroeste.

La presencia militar canadiense también sirve de aviso a Dinamarca -el control danés sobre Groenlandia le otorga derechos de proximidad sobre el Ártico- país con el cuál Canadá mantiene litigio por la soberanía de la isla Hans además de superponerse los reclamos de ambos sobre el territorio ártico.

Es importante hacer notar que no existe complementariedad entre los gobiernos de Canadá y de Estados Unidos para enfrentar juntos la amenaza extra continental representada por el estado ruso –Dinamarca es socia de ambas en la OTAN- cuestión no muy comprensible en virtud de la alianza histórica entre ambos países norteamericanos.

Si Canadá aporta derechos por proximidad a la zona de conflicto, a Estados Unidos le sobraría potencial militar para respaldar a su socio. No haber explotado esa alianza le ha conferido una pequeña ventaja a la quijotada rusa en la cordillera Lomonosov.

Pero además, el calentamiento global -que colateralmente ha despertado la codicia y las consecuentes disputas territoriales- también tiene otras consecuencias rayanas a la ciencia ficción. Organizaciones ecológicas advierten que el derretimiento del hielo en el Polo Norte podría causar problemas con la salinidad y las temperaturas de las corrientes marinas, de manera que la situación prevista en el film “El día después de mañana” podría convertirse en realidad y desatar antes de 2020 una “pequeña glaciación” sobre el hemisferio norte.

En la zona antártica, que también es objeto de disputa entre las naciones, los derechos de proximidad no parecen tener tanto peso como en el ártico. Los reclamos sobre las adyacencias del Polo Sur son reivindicados por países tan alejados como Rusia; Estados Unidos; Bélgica; Noruega; Japón y Francia. La causa es obvia: la Antártida es un continente virgen con riquezas más allá de la imaginación y las potencias centrales no piensan en renunciar a su explotación. La Antártida es un continente virgen a la espera de ser saqueado.

Según estudios de países centrales tecnológicamente aptos para hacerlos, se ha determinado que en las profundidades antárticas existe petróleo, gas, carbón, níquel, cobalto, cobre, cromo, plata, oro, platino, hierro, titanio, uranio, molibdeno, manganeso, plomo y cinc. A ese inventario deben sumarse los vitales elementos para la supervivencia humana como el agua dulce o alimentos de alto valor nutritivo como el krill.

Como en el caso del Ártico, los reclamos por la soberanía antártica adquieren una forma triangular y superpuesta. Sin embargo, la lista de países con ambiciones territoriales no se limita a potencias centrales sino que también incluye a naciones emergentes como Argentina, Brasil, Chile, Nueva Zelanda y Uruguay.

A todos estos países -que mantienen una presencia permanente o estacional- se agregan otros que no han presentado reclamo pero que cuentan con bases permanentes en el área: Alemania, China, Corea del Sur, India, Italia, Japón, Polonia, Sudáfrica y Ucrania y otros que operan bases científicas de verano como Bulgaria, Ecuador, España y Perú.

Si bien congestionamiento del área está contenido por el paraguas legal del tratado antártico –caduca en 2041- se hace evidente que ha llegado la hora de avanzar “de hecho” sobre los territorios y que ese avance requiere de tecnología avanzada y de actitud militar disuasiva que condicione los futuros foros de disputa.

Hay que tener en cuenta que desde las Islas Malvinas –enclave colonial cuña de Gran Bretaña en el Atlántico Sur- el Reino Unido ya estaría en condiciones de imitar el caso ruso de la cordillera Lemonosov para reclamar lo que el artículo 76 de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar le permite y eso no sólo afecta a la Antártida sino que involucra directamente a la Patagonia Argentina.

Dado que la construcción de un poder naval de dimensiones aptas para enfrentar el desafío es una cuestión de muchísimo dinero y de tiempo –las unidades navales son caras y su puesta en operaciones lenta- a los países emergentes como Argentina no parece quedarles otra salida que la de operar en bloque.

En este sentido, el respaldo que puede otorgar el Mercosur y sus acuerdos subsidiarios en materia militar y comercial serán determinantes para posicionarse en la disputa territorial antártica con reales perspectivas de éxito. Repetir el error estratégico del divorcio de Canadá y Estados Unidos en el caso Ártico sería incurrir en una catástrofe anunciada.

Una flota combinada de países sudamericanos que sirva como brazo ejecutor de una política común y racional de ocupación y explotación del continente blanco es, sin dudas, la mejor herramienta disuasiva frente a las ambiciones de las potencias centrales.



El derretimiento del hielo ártico ha generado potenciales vías marítimas de importancia estratégica
Foto: Archivo
Rompehielos nuclear“Sovetskij Sojuz”. valuarte de las aspiraciones rusas en territorios polares.
Foto: Archivo
El continente antártico es una fuente de recursos naturales hasta hoy no mensurados con precisión.
Foto: Archivo


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