El Mundo
La prioridad geopolítica de Obama
Afganistán: la clave del Gran Juego del petróleo
La Casa Blanca concentra sus objetivos bélicos en el país de Medio Oriente, escenario estratégico para la disputa global de las mayores reservas de recursos energéticos de Asia.
Por Sebastián Pellegrino | Desde la Redacción de APM
09|03|2009
Las primeras decisiones de relevancia, tomadas por la nueva administración estadounidense en materia de política exterior, parecen conciliarse con las promesas preelectorales de Barack Obama acerca del retorno a los “sólidos ideales del país de la libertad”. Guantánamo parece..., el retiro de Irak parece… Apariencia, vanidad e imagen de suficiencia son los parámetros que calibra esta gestión antes de exteriorizar una medida de aplicación extraterritorial. El componente religioso, resabio de la ultramanoseada doctrina del Destino Manifiesto, es el favorito de Obama. La cúspide de los laberintos discursivos intencionados llegó a fines de febrero, con el anuncio del próximo destino de las tropas de Irak. "Pretendo retirar todas las tropas estadounidenses de Irak para fines de 2010", dijo el inquilino de Casa Blanca, aunque dejará un remanente de 50.000 efectivos para “cooperar” con el país del Golfo Pérsico. ¿Eso es un retiro o un desplazamiento estratégico de tropas a Afganistán? ¿Responde a la búsqueda de paz o a la presión civil estadounidense y al escaso respaldo de los aliados militares del globo? ¿Qué hay detrás del anuncio? Quizá la respuesta descanse en el subsuelo de una gran parte de la plataforma continental asiática. Repasemos la dedicatoria de Obama a la gestión Bush, en relación a Irak: “Esta guerra disminuye nuestra seguridad, nuestra posición en el mundo, nuestro ejército, nuestra economía y los recursos que necesitamos para enfrentar los retos del siglo XXI. Nuestro enfoque cerrado e indefinido en Irak no es una estrategia apropiada para mantener a Estados Unidos a salvo”. Objetivo Afganistán La sed energética y el retroceso de la hegemonía estadounidense en Medio Oriente y Asia Central, tienen solución para los estrategas de Washington: controlar Afganistán. ¿Por qué?La obsesión de Obama no es consecuencia directa del fortalecimiento y expansión regional de la resistencia islámica, ni del Talibán ni de Al Qaeda. Tampoco la Casa Blanca se desvela por las reservas afganas de hidrocarburos, que se encuentran muy por debajo de los colosales paraísos energéticos. Afganistán se ubica en el puesto 63 con relación a los países productores de gas natural. El sector petrolero es mucho menor todavía. La importancia del país asiático reside en su localización geográfica, y la ventaja que encuentra el actual Presidente de Estados Unidos es que aun tiene vigencia la creatura simbólica de su predecesor para profundizar la invasión: “la guerra preventiva contra el terrorismo islámico”. Un eventual dominio militar en Afganistán y la conformación de un Gobierno a la medida de las necesidades de Washington, volcaría a favor del país del norte las posibilidades para ganar definitivamente el Gran Juego del petróleo (expresión que no por haber sido acuñada en otro contexto histórico deja de ser útil). Durante el siglo XIX, la expresión “El Gran Juego” designaba la lucha de dos grandes potencias (o más) en torno al control de las Indias, la extensa colonia británica que, además de sus riquezas, ofrecía múltiples vías de acceso y expansión hacia el centro de Asia. Por más de 100 años, la Rusia zarista disputó a Gran Bretaña la joya asiática, hasta que en 1907 ambos imperios acordaron la división de las zonas de influencia. En la actualidad los protagonistas y el tesoro en disputa son otros. Estados Unidos, la gran potencia de fines del siglo XX y comienzos del XXI, intenta dejar afuera del negocio petrolero a los gigantes de Asia (Rusia y China) en una carrera geopolítica en la que son útiles las antiguas recetas expansionistas. Antiguos axiomas que dieron forma al Plan Marshall, Diplomacia del Dólar, mezclados con Garrotes y zanahorias y condimentos ideológicos de la Doctrina Monroe… todos elementos que confluyen en un cóctel militar corporativo destinado a asegurar el control y la comercialización del recurso energético más codiciado en la actualidad y en los años venideros. En este orden de ideas, el transporte de los hidrocarburos provenientes del Mar Caspio y de los países centroasiáticos hacia países como India y Pakistán (éste incluso con salida al mercado internacional), se vería facilitado por un corredor afgano. Las rutas del Oro Negro La economía de Estados Unidos no se mueve por el petróleo y gas centroasiáticos. Las principales fuentes externas del país del norte son Venezuela y Arabia Saudita, y un 15 por ciento del petróleo procede de África. El verdadero negocio que la Casa Blanca quiere asegurar a sus compañías está relacionado con la distribución y comercialización (a Europa y a las grandes economías emergentes) del petróleo que se extrae del Mar Caspio, y de los países de Asia Central que hasta hace 20 años estaban bajo la influencia directa de la Unión Soviética. Que el centro de Asia sea estratégico no implica desconocer las jugosas ganancias que reciben las corporaciones energéticas que operan en los dos países intervenidos en Medio Oriente. Sólo en 2006, las compañías instaladas en Irak y Afganistán generaron 25 mil millones de dólares. Entonces, ¿Qué esconden las regiones donde, posiblemente, se hallen en los próximos años las mayores reservas de hidrocarburos del mundo? ¿Por qué Estados Unidos intenta, contra reloj, aumentar su influencia sobre países como Uzbekistán, Tayikistán, Turkmenistán, Kirguistán y otros del corazón de Asia? Y a todo esto… ¿Porqué Afganistán es la clave de un megaproyecto petrolero? El primer dato a tener en cuenta es que Asia Central se considera la tercera región del mundo, en cuanto a reservas de hidrocarburos probadas. Estimaciones recientes indican que el Mar Caspio (principalmente en las bahías respectivas de Irán, Kazajstán, Azerbaiyán, Turkmenistán y Rusia) contiene reservas de hasta 200 mil millones de barriles de petróleo, lo que alcanzaría para abastecer la demanda de energía en Estados Unidos durante 30 años. La región contaría además con casi el 50 por ciento de las reservas de gas natural del mundo. (Ver: “Asia central, objetivo de las potencias”. APM 19/10/2007) Además, en el desierto Karakum, de Turkmenistán, se encuentra la tercera reserva de gas más grande del globo, de aproximadamente 3 billones de metros cúbicos y seis mil millones de barriles en reservas de petróleo. Por su parte, Uzbekistán es calificado como el país con mejores perspectivas para la exportación de gas en los próximos años. Kazajstán, Tayikistán y Kirguistán también cuentan, fronteras adentro, con grandes campos de hidrocarburos que aun no han sido fuertemente explotados. A los ojos de Washington, el potencial energético de la región se vería más tentador si a ello se agrega la posibilidad de disminuir la influencia rusa con relación a sus vecinos. De hecho, es esto último uno de los objetivos manifiestos de la gestión Obama. Restar aliados a Moscú equivale a ganar la pulseada por las rutas del petróleo. En el mes de enero, el pentágono encomendó al comandante en jefe de la misión Libertad Duradera (Afganistán), David Petraeus, la tarea de negociar con Kazajstán, Kirguistán, Tayikistán y Turkmenistán una ruta de transporte para el abastecimiento de las tropas que actúan en el suelo afgano. Esta y otras iniciativas diplomáticas diseñadas por Estados Unidos provocaron la alarma del Kremlin por el temor a perder, a futuro, el liderazgo en la inversión y distribución del oro negro de la región. La ruta gestionada por Petraeus y compañía, que iría de Europa Oriental hacia Afganistán, bien podría transformarse en un mega-oleoducto capaz de transportar millones de barriles de petróleo que escaparían al control ruso. Una posibilidad que ya sucedió. La ruta directa del petróleo del Caspio con destino a Europa (parte de Azerbaiyán, pasa por Georgia y llega a Turquía, a través del oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan -BTC-), fue propiciada por la administración Clinton, aprovechando las simpatías de los gobiernos implicados en la obra. Desde 2005, Rusia perdió el control exclusivo de la comercialización del petróleo del Caspio con Europa. El acercamiento de Estados Unidos a los países centroasiáticos representa una seria amenaza para el Kremlin, más aun después de conocerse la noticia de que Washington había logrado el consenso para establecer un corredor de suministros no militares hacia Afganistán. En efecto, el almirante estadounidense Mark Hartnichek anunció en febrero que la ruta de suministros comenzaría en Letonia, y cruzaría Rusia, Kazajstán, Uzbekistán y Tayikistán, la última escala antes de Afganistán. Horas más tarde, funcionarios rusos negaron el permiso de su país para el transporte de pertrechos. Cabe aclarar que es este escenario de disputa por el petróleo asiático, en el que se inscribe la polémica entre Estados unidos y Rusia por la instalación de un “escudo antimisiles” en los límites de Europa del este. También la guerra de Osetia del Sur, en la zona del Cáucaso, del 2008. (Ver: “Osetia del Sur: ¿la punta del iceberg?”. APM 10/08/2008) Ventajas de un reposicionamiento militar A esta altura del relato, la atención debe centrarse nuevamente en Afganistán. Controlar el país de los talibán se traduciría en una inmejorable ubicación de tropas estadounidenses para un eventual ataque contra Irán, uno de los tres países con mayores reservas de petróleo del mundo y la “mayor amenaza” para la estabilidad de Medio Oriente, según la Casa Blanca. Pero más importante es la solución que traería a las compañías petroleras estadounidenses diseminadas en Asia, que todavía no logran exportar del continente los hidrocarburos que podrían producir si dispusieran de rutas alternativas. Con respecto a Irán, Estados Unidos aseguraría a sus corporaciones energéticas que operan en Medio Oriente un camino más seguro para transportar los hidrocarburos, evitando el paso de los buques petroleros por el Estrecho de Ormuz que controla Teherán. Si en el futuro Washington se asegura el corredor de suministros mencionado más arriba, y elimina el amplio abanico de la resistencia afgana, quedaría el camino abierto para que comiencen a concretarse los proyectos de construcción de oleoductos y gasoductos a través de Afganistán y Pakistán hacia Karachi. Esta ciudad es el centro comercial y financiero del último país mencionado, donde se localiza el único puerto de escala apropiada para la eventual exportación de hidrocarburos provenientes del Caspio y de las vastas reservas del centro de Asia (Turkmenistán, Uzbekistán y otros). India (una de las cinco economías más dinámicas del mundo) también podrían ampliar la lista de grandes compradores de la energía transportada hasta Afganistán-Pakistán, lo que disminuiría aún más el peso y la influencia de Rusia en el bloque de potencias del mundo. Las ventajas que traería, a las colosales compañías estadounidenses y europeas, la aniquilación definitiva de la resistencia afgana son incalculables. En este sentido, se comprende el anhelo de Barack Obama cuando afirma que “la guerra de Irak disminuye nuestra seguridad (por Estados Unidos), nuestra posición en el mundo, nuestro ejército, nuestra economía y los recursos que necesitamos para enfrentar los retos del siglo XXI”. En consecuencia, nada más coherente con su política geoestratégica que enviar 100.000 soldados más (los que abandonarán Irak en 2010) a las montañas y desiertos que controlan los talibán. Claro que la medida dista mucho de pretender la paz y la estabilidad para Medio Oriente, aunque esa sea la imagen que la administración de Obama quiera mostrar. spellegrino@prensamercosur.com.ar |